Después de más de veinte años, las tropas estadounidenses dejaron sus últimas bases en Irak este miércoles. La salida pone fin a una presencia militar que comenzó con la invasión de 2003, sobrevivió la retirada formal de 2011 y se relanzó en 2014 bajo el pretexto de combatir al Estado Islámico. Lo que queda ahora es un vacío que Irán y sus aliados regionales ya proclamaron como una victoria propia.
Dos décadas y una salida
DVIDS / Depto. de Defensa de EE.UU. — Dominio público (trabajo del gobierno de EE.UU.)
La presencia estadounidense en Irak tuvo varias etapas. La primera, la más intensa, terminó formalmente en 2011. La segunda arrancó cuando el avance del Estado Islámico arrasó con un tercio del país y el gobierno de Bagdad pidió ayuda. Desde entonces, miles de soldados estadounidenses operaron en bases dispersas por el norte y el oeste del país, entrenando a fuerzas iraquíes y coordinando operaciones aéreas. El acuerdo que selló esta retirada final se negoció entre Washington y el gobierno de Bagdad a lo largo de los últimos años, bajo una presión creciente de las facciones políticas vinculadas a Irán dentro del parlamento iraquí.
Que Teherán y sus aliados celebren la salida no es casual. Las milicias de la Resistencia Islámica, paraguas que agrupa a grupos armados pro-iraníes como Kataib Hezbolá, atacaron bases y convoyes estadounidenses de manera sistemática desde 2019, con una intensidad que se disparó tras el asesinato del general Qasem Soleimani en enero de 2020. Esa presión sostenida fue uno de los factores que hizo políticamente insostenible, para sucesivos gobiernos iraquíes, mantener la presencia extranjera.
Negociaciones en Nueva York, sin acuerdo
La retirada ocurre en un momento de tensión diplomática particular. Representantes de Washington y Teherán se reunieron en Nueva York en el marco de la Asamblea General de la ONU, en lo que constituyó uno de los contactos directos más significativos entre ambos países en los últimos años. Ambas partes mantienen el interés en llegar a algún tipo de arreglo, pero difieren en cómo llegar a uno. Las fuentes no especifican los ejes concretos del desacuerdo, aunque el programa nuclear iraní y las sanciones económicas son los puntos que históricamente separan a las dos capitales.
El problema para Washington es que ambos procesos se alimentan entre sí de manera contradictoria. Retirar tropas de Irak puede leerse como una señal de disposición a reducir tensiones, pero también le saca presión a Irán justo cuando las negociaciones necesitan palancas. Teherán, por su parte, tiene incentivos para seguir negociando sin ceder demasiado: la salida militar estadounidense ya ocurrió, y el reloj no corre en su contra.
Qué deja el vacío en Irak
La pregunta más concreta es qué pasa ahora con el equilibrio de poder dentro de Irak. Las Fuerzas de Movilización Popular, la red de milicias que incluye a los grupos más cercanos a Irán, tienen presencia territorial, armamento pesado y representación parlamentaria. No necesitan una ocupación militar extranjera para proyectar influencia, pero la presencia estadounidense sí era un contrapeso visible, aunque limitado.
Para el gobierno de Bagdad, la salida estadounidense es una oportunidad para afirmar soberanía, pero también una exposición mayor a la presión de Teherán. Los países del Golfo, especialmente Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, van a observar de cerca qué hace Irak con su nueva libertad de movimiento y cuánto espacio le abre a Irán en el corazón del Medio Oriente.