El almirante más importante de la Royal Navy habló sin rodeos. El Primer Lord del Mar, el general sir Gwyn Jenkins, declaró ante un auditorio en Admiralty House, en Londres, que Rusia representa hoy la mayor amenaza para la seguridad del Reino Unido, y que esa amenaza se siente con mayor fuerza en el dominio marítimo.
"La mayor amenaza para nuestra seguridad hoy es Rusia. Esa amenaza se percibe con mayor agudeza en el dominio marítimo, en el Atlántico Norte, en el Gran Norte", sostuvo Jenkins en su discurso del miércoles pasado ante el Departamento de Investigación Naval.
La apuesta por el Atlántico Norte
Jenkins convocó a ampliar las capacidades marítimas británicas y a reforzar la Fuerza Expedicionaria Conjunta (JEF, por su sigla en inglés), la coalición liderada por el Reino Unido, como preparación ante un eventual conflicto con Rusia en el Atlántico Norte y en el Gran Norte. La JEF agrupa a países nórdicos y bálticos junto con el Reino Unido, y su función es actuar como fuerza de respuesta rápida en el flanco norte de la OTAN.
El énfasis en el Atlántico Norte no es casual. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, el debate estratégico en las capitales europeas giró con insistencia hacia esa región: el control de las rutas de aprovisionamiento entre América del Norte y Europa, la actividad de submarinos rusos en el Atlántico profundo, y la protección de los cables submarinos de telecomunicaciones fueron temas que pasaron del análisis académico a la agenda operativa de las fuerzas navales aliadas.
Ataques híbridos en aumento
El discurso de Jenkins se produjo en un contexto más amplio de deterioro acelerado. A lo largo de Europa, los ataques híbridos atribuidos a Rusia llegaron a su nivel más alto conocido, según las valoraciones en circulación. Sabotajes de infraestructura, interferencia con sistemas de navegación satelital (GPS), operaciones de desinformación y presuntos actos de espionaje se multiplicaron en varios países del continente, generando alarma creciente en los gobiernos aliados.
Este patrón de actividad gris, que se mantiene deliberadamente por debajo del umbral del conflicto armado convencional, complicó la respuesta occidental porque no activa de forma automática los mecanismos colectivos de la OTAN. Las democracias europeas debatieron en los últimos meses cómo responder con firmeza sin escalar hacia una confrontación directa.
Un mensaje hacia adentro y hacia afuera
Que el Primer Lord del Mar haya elegido este momento para hacer una declaración tan directa tiene una dimensión tanto interna como hacia los aliados. En el plano doméstico, el Reino Unido atravesó debates presupuestarios duros sobre defensa, con presiones cruzadas entre el gasto social y los compromisos con la OTAN. Una declaración pública de esta naturaleza, desde el máximo mando naval, funciona como argumento en esa disputa: la amenaza es real, la capacidad marítima necesita inversión, y el tiempo apremia.
Hacia afuera, el mensaje refuerza el liderazgo británico en el flanco norte. Londres tiene interés en consolidar la JEF como un instrumento propio, distinto pero complementario de la estructura de mando de la OTAN, y el discurso de Jenkins apunta en esa dirección. En un escenario donde la credibilidad del paraguas de seguridad estadounidense genera interrogantes recurrentes entre los aliados europeos, el Reino Unido busca posicionarse como ancla de estabilidad en el norte del continente.
La combinación de tensión híbrida creciente, actividad naval rusa sostenida y un debate político sin resolver sobre recursos de defensa pone a los gobiernos europeos ante decisiones que no pueden seguir postergándose.