Steve Witkoff y Jared Kushner llegaron a Moscú el sábado 5 de septiembre con un mandato claro: reactivar un proceso de paz que lleva meses estancado. La visita tiene una lógica de doble escala: primero Rusia, donde se sentarán con Putin, y el domingo Ucrania, donde se verán por primera vez con Zelensky en esta ronda. El esquema muestra la lógica de la diplomacia Trump, que prefiere moverse entre las dos capitales en lugar de sentar a las partes en una misma mesa.
Meses sin avances
La ronda de conversaciones que arranca este fin de semana viene a llenar un vacío que se prolongó por varios meses sin ningún progreso real. Desde los primeros contactos de la administración Trump con Moscú a comienzos de 2025, las negociaciones avanzaron y retrocedieron varias veces sin producir ningún acuerdo concreto. Witkoff, asesor presidencial cercano a Trump, y Kushner, su yerno, son las dos figuras que Washington eligió para conducir esta diplomacia informal, al margen de los canales tradicionales del Departamento de Estado.
El contexto regional complica cualquier acuerdo. Ucrania sigue exigiendo garantías de seguridad que Rusia no está dispuesta a ofrecer, mientras Moscú mantiene sus condiciones territoriales como punto de partida. Que los enviados viajen primero a Rusia y recién después a Kiev no es un detalle menor: refleja la secuencia de prioridades con la que Washington viene manejando este proceso.
La deuda europea sobre la mesa
Al mismo tiempo que Witkoff y Kushner aterrizaban en Moscú, Trump volvió a poner presión sobre Europa con un reclamo que ya había flotado en distintas formas desde el inicio de su segundo mandato. El presidente estadounidense anunció que su gobierno buscará que los países europeos reembolsen a Estados Unidos la ayuda militar y financiera que Washington entregó a Ucrania. El planteo convierte el apoyo prestado en una deuda que Europa tendría que saldar, y agrega una variable económica al ya complicado tablero diplomático.
Esa exigencia no es solo retórica presupuestaria: sirve como palanca de negociación. Con ella, Trump le manda una señal tanto a los aliados europeos, que deberán decidir si aceptan ese marco, como a Moscú, que puede leer en el gesto una señal de que el compromiso estadounidense con Ucrania tiene un precio explícito.
Qué busca cada parte
Para Rusia, recibir a los enviados de Trump en Moscú tiene valor en sí mismo: es reconocimiento, presencia, un interlocutor directo con la Casa Blanca. Para Ucrania, la escala del domingo en Kiev es una oportunidad para transmitir sus condiciones a quien tiene acceso directo a Trump. Para Washington, lograr algún tipo de acuerdo o al menos una hoja de ruta negociada sería una victoria política que la administración necesita para mostrar resultados después de meses en los que el proceso no fue a ningún lado.
Si esta ronda produce algo concreto o vuelve a frustrarse como las anteriores es lo que se definirá en las próximas 48 horas.