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Un análisis plantea que el portaaviones ya es un costo irrecuperable para la Marina estadounidense

Brandon J. Weichert, editor de seguridad nacional en 19FortyFive, argumenta que las capacidades antiaceso iraníes y chinas convirtieron al portaaviones en una plataforma demasiado costosa y vulnerable para el combate moderno. La Marina, según el análisis, necesita reorientar su doctrina hacia sistemas más pequeños, automatizados y prescindibles.

23 de octubre de 2026 • El Lado Correcto
Un análisis plantea que el portaaviones ya es un costo irrecuperable para la Marina estadounidense
Crédito: PO2 Julianna Lynch — Dominio público (trabajo del gobierno de EE.UU.)

La línea de bloqueo que la Marina estadounidense mantiene en torno al Estrecho de Ormuz ya no está donde solía. Primero retrocedió varios cientos de kilómetros desde la boca del estrecho. Luego retrocedió más, hasta operar en lo que aparenta ser aguas territoriales pakistaníes. El movimiento no es sutil: es la señal de que las capacidades antibuque iraníes están empujando a los portaaviones fuera del escenario donde se supone que deben actuar.

Ese desplazamiento es el punto de partida del análisis de Weichert, que va más lejos y plantea que el portaaviones como plataforma central de proyección de poder ya representaría un costo irrecuperable para la Armada. La tesis no es nueva en los círculos de doctrina naval, pero el argumento cobra peso en el contexto actual: la Marina abandonó efectivamente su misión contra los hutíes de Yemen ante la amenaza antibuque que esas fuerzas representaban, y las capacidades iraníes son, según el análisis, considerablemente más avanzadas que las hutíes. Las chinas, más aún.

El problema de los números

Un análisis plantea que el portaaviones ya es un costo irrecuperable para la Marina estadounidense

Petty Officer 2nd Class Tajh Payne — Public domain

El Congreso estadounidense exige por ley que la Marina mantenga una flota de 11 portaaviones. En la práctica, los ciclos de mantenimiento hacen que solo tres estén disponibles para despliegue en cualquier momento dado. El primero de la clase Gerald R. Ford, la más moderna, le costó a la Marina 13.000 millones de dólares. Aunque ese precio bajó en los modelos siguientes, la clase sigue siendo una inversión enorme para una fuerza que enfrenta amenazas crecientes con capacidades de astillero en declive.

El análisis traza un paralelo con lo que ocurrió con los tanques en tierra. Los carros de combate principales, durante décadas considerados el eje del poder terrestre, quedaron relegados a roles secundarios ante la proliferación de enjambres de drones baratos y masivos. El argumento es que el portaaviones atraviesa el mismo proceso: una plataforma cara, concentrada y difícil de reponer frente a sistemas más económicos, producidos en masa y prescindibles. También se señala la vulnerabilidad al ataque de submarinos como otro vector que los planificadores navales tienden a subestimar.

Qué podría reemplazarlo

Weichert no propone desmantelar la flota de inmediato, sino replantear la arquitectura. Entre las opciones que considera está la expansión de sistemas autónomos no tripulados, tanto de superficie como submarinos, capaces de desplegar enjambres de drones menores. Plantea además equipar los destructores y fragatas existentes con sistemas de lanzamiento vertical (VLS) ampliados para aprovechar esas capacidades. También menciona construir más portaaviones pequeños del tipo anfibio, similares a los que usa el Cuerpo de Marines, como forma de sostener la aviación embarcada sin exponer un superportaaviones a las redes de antiaceso y negación de área (A2/AD) enemigas.

El punto más urgente del análisis es el de los submarinos. La Marina está en camino de retirar sus cuatro submarinos de la clase Ohio con capacidad para misiles de crucero (SSGN) dentro de la próxima década, y los submarinos clase Virginia no tienen el mismo poder de fuego. Weichert plantea que reemplazarlos en capacidad real debería ser la prioridad de los planificadores navales y del Congreso, ya sea con nuevas unidades equivalentes o con un buque nodriza de drones con las mismas capacidades de lanzamiento que los Ohio, más la posibilidad de operar sistemas no tripulados menores.

La lógica detrás del argumento

La doctrina que subyace al análisis es la de penetrar las burbujas A2/AD enemigas con sistemas más pequeños y prescindibles antes de exponer las plataformas mayores. El objetivo declarado de Irán, los hutíes, China o cualquier otro adversario naval es impedir que los buques estadounidenses lleguen al rango de combate. La respuesta, según Weichert, no es seguir invirtiendo en plataformas que el enemigo ya sabe cómo mantener fuera de ese rango, sino construir una capa ofensiva adelantada que primero degrade las capacidades A2/AD y abra el espacio para que el resto de la flota opere.

El análisis no presenta datos propios sobre pérdidas o enfrentamientos concretos más allá de lo ya mencionado, y sus conclusiones son proyecciones de política naval, no hechos consumados. Lo que sí queda claro en el argumento es que la combinación de costo, vulnerabilidad y disponibilidad real convierte al portaaviones, bajo las condiciones actuales, en una apuesta con retornos cada vez más decrecientes.

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