Irán demostró algo que muchos analistas ya sospechaban: no hace falta destruir un portaaviones para neutralizarlo. Drones baratos y misiles bastaron para que la Marina estadounidense se volviera cautelosa con el Estrecho de Ormuz. China observó esa lección con atención, y desde la década de 2010 viene construyendo una lógica similar a lo largo de la Primera Cadena de Islas, con capacidades muy superiores a las iraníes.
El concepto es más simple de lo que parece. Un grupo de combate de portaaviones de la Marina de EE.UU. puede operar sus aviones con efectividad solo si el buque está lo suficientemente cerca del objetivo. Si una barrera de misiles, radares y cazas obliga al portaaviones a quedarse a distancia, los jets necesitan reabastecerse en vuelo para alcanzar cualquier punto dentro del teatro de operaciones. Y ahí es donde aparece la vulnerabilidad real: los aviones cisterna son blancos grandes, lentos y difíciles de defender.
El J-20 como cazarrecompensas de tanqueros
Alert5 — CC BY-SA 4.0
El caza furtivo J-20, el más avanzado de China, es el instrumento diseñado para explotar exactamente ese talón de Aquiles. Un portaaviones sin sus aviones de combate operativos no es una amenaza; un portaaviones cuyos aviones no pueden llegar al combate porque perdieron a sus reabastecedores es funcionalmente equivalente. China no necesita hundir el buque, que implicaría atravesar varias capas de defensa antisuperficie y antiaérea de un grupo de ataque completo. Solo necesita matar los tanqueros, que operan en posiciones más predecibles y con mucha menor protección.
Esta lógica se inscribe dentro de lo que los analistas militares denominan estrategia de negación de área o anti-acceso, conocida por sus siglas en inglés como A2/AD. La idea central es que una potencia regional no necesita igualar el poder naval de EE.UU. para disuadirlo: alcanza con hacer que operar cerca de sus costas sea demasiado costoso. China lleva más de una década y media invirtiendo en misiles balísticos antibuque como el DF-21D y el DF-26, radares de largo alcance, submarinos y cazas como el J-20 con ese objetivo explícito.
La Primera Cadena de Islas como muro
La Primera Cadena de Islas es el arco geográfico que va desde Japón, pasa por Taiwán y las Filipinas, y llega hasta Borneo. Para EE.UU., esa cadena es el perímetro desde el cual históricamente proyectó poder hacia el Pacífico occidental. Para China, es la línea que quiere convertir en una barrera efectiva que mantenga la Marina estadounidense al otro lado, o al menos que eleve el costo de cualquier operación dentro de ella.
La experiencia reciente en Oriente Medio sumó urgencia al debate. Si Irán, con tecnología comparativamente primitiva, logró hacer que los portaaviones se reposicionaran o moderaran sus movimientos en el Golfo Pérsico, el escenario que plantea China en el Pacífico occidental es sustancialmente más complejo. El Ejército Popular de Liberación tiene misiles más veloces, mayor alcance, mejores sensores y un caza de quinta generación pensado para operar en ese entorno específico.
Lo que cambia la ecuación
El debate sobre los portaaviones no es nuevo, pero el contexto lo volvió más concreto. La Marina estadounidense lleva años intentando desarrollar drones de reabastecimiento carrier-based para reducir la dependencia de aviones cisterna tripulados, precisamente porque la vulnerabilidad ya era conocida. El avance de ese programa, el MQ-25 Stingray, es lento: los primeros vuelos operativos todavía están consolidándose. Mientras tanto, la ventana de vulnerabilidad que describe este análisis permanece abierta.
La conclusión que se desprende no es que los portaaviones dejaron de ser útiles, sino que su utilidad depende cada vez más de cuán cerca pueden operar del área en disputa, y esa distancia la está definiendo, en buena medida, China.