El HMS Prince of Wales mide 284 metros de eslora, desplaza 65.000 toneladas y puede operar hasta 36 cazas F-35B Lightning II. Sobre el papel, es uno de los buques de guerra más grandes que la Royal Navy haya puesto en el agua. En la práctica, su capacidad de sobrevivir en un entorno de combate moderno depende casi por completo de escolta exterior, y esa escolta rara vez está disponible.
Sin defensa propia de largo alcance
El portaaviones no cuenta con ningún sistema de misiles superficie-aire de mediano ni largo alcance instalado a bordo. Sus únicos medios de defensa orgánica son tres sistemas Phalanx, cada uno con un cañón Gatling de 20 mm guiado por radar, más armamento menor. El Phalanx está diseñado como última línea de defensa contra blancos que ya superaron todas las capas anteriores, no como sustituto de esas capas. Frente a una amenaza que llega sin que nada la haya interceptado antes, tres torretas de corto alcance son insuficientes.
La comparación con los portaaviones estadounidenses es reveladora. Los Nimitz y Ford llevan misiles Sea Sparrow, Rolling Airframe Missiles, Phalanx y equipamiento de guerra electrónica. Sus grupos de batalla incorporan destructores clase Arleigh Burke con el sistema Aegis y misiles Standard, submarinos de ataque como escolta submarina, y el avión de alerta temprana embarcado E-2D Advanced Hawkeye, capaz de detectar y rastrear amenazas a gran distancia. La ala aérea de un portaaviones estadounidense llega a 60 o más aeronaves entre ala fija y rotor.
El problema del Merlin Crowsnest
En lugar del E-2D, la Royal Navy opera helicópteros Merlin equipados con el sistema de vigilancia Crowsnest. La diferencia no es menor. Un avión de ala fija como el Hawkeye tiene mayor autonomía, puede mantenerse en el aire más tiempo y opera desde altitudes que amplían considerablemente su radio de detección. El Merlin Crowsnest cubre una porción sensiblemente menor del espectro de amenazas que enfrentaría el Prince of Wales en una zona de combate real.
Seis destructores, casi nunca disponibles
La Royal Navy cuenta con seis destructores Tipo 45, que portan el sistema de misiles Sea Viper, una capacidad de defensa aérea de largo alcance genuinamente potente. El problema es que esos seis buques raramente están disponibles en número operativo. Retrasos en mantenimiento, dificultades para mantener dotaciones completas y el costo de operarlos en el mar confluyen para que los Tipo 45 no estén disponibles en las cantidades que haría falta para proteger al portaaviones en una zona de combate de alta intensidad.
Ese déficit tuvo consecuencias concretas. Cuando el conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán escaló en Medio Oriente, el Reino Unido no pudo desplegar al Prince of Wales en la región porque no disponía de los escoltas necesarios para protegerlo. El portaaviones se quedó fuera de la guerra por falta de flota de apoyo, no por falta de capacidad propia en términos de aviación.
El argumento que se derrumba
Brandon J. Weichert, editor de seguridad nacional de 19FortyFive, plantea que la lógica de haber construido ambos portaaviones pierde sentido cuando se analiza el sistema completo. El Reino Unido invirtió en dos buques de primer nivel sin construir simultáneamente la flota de escolta, la aviación de alerta temprana y la infraestructura de apoyo que hacen viable una operación de portaaviones en combate. El resultado es una capacidad de proyección que solo funciona en condiciones ideales que los teatros de guerra modernos, dominados por enjambres de drones y misiles de crucero, no ofrecen.
El Prince of Wales puede pedir prestados escoltas a aliados de la OTAN, pero eso implica una decisión política de esos países que no está garantizada de antemano. La potencia que transporta el portaaviones, en definitiva, depende de voluntades ajenas para hacerse efectiva.