En una ceremonia celebrada en Sparrows Point, el presidente Donald Trump presentó Arsenal-2, una nueva planta de fabricación de componentes críticos para el programa de submarinos de ataque nucleares clase Virginia de la Armada estadounidense. La instalación será construida por la empresa Anduril Industries con una inversión de US$ 6.600 millones, y apunta a resolver uno de los problemas más persistentes del programa: la cadencia de producción, históricamente por debajo de las metas de la Marina.
El problema de fondo
U.S. Navy photo by Mass Communication Specialist 1st Class Jason J. Perry — Public domain
El programa de submarinos clase Virginia arrastra desde hace años retrasos en la línea de producción de sus dos astilleros principales, General Dynamics Electric Boat y Huntington Ingalls Industries. La demanda de submarinos de ataque nucleares se aceleró con el acuerdo AUKUS, firmado en 2021 entre EE.UU., el Reino Unido y Australia, que comprometió a Washington a transferir tecnología nuclear submarina a Canberra y eventualmente a proveer sumergibles clase Virginia al país oceánico. Con ese compromiso encima, producir menos unidades de las planificadas dejó de ser un problema interno para convertirse en una promesa aliada que aún no tiene fecha concreta de cumplimiento. Arsenal-2 busca aliviar ese cuello de botella fabricando piezas fuera de los astilleros principales, una lógica similar a la que EE.UU. ya aplica en otros programas de gran escala como el F-35.
Japón bota el Shogei
Doricono — CC BY 4.0
El mismo 8 de octubre, Mitsubishi Heavy Industries botó en Japón el séptimo submarino de la clase Taigei para la Fuerza de Autodefensa Marítima. El sumergible, bautizado Shogei y con número de casco SS-519, desplaza 3.000 toneladas y opera con propulsión diesel-eléctrica. La clase Taigei es el programa submarino más moderno de Japón: el primero de la serie, el JS Taigei, fue entregado en 2022, y la flota se amplía con cada botadura a un ritmo sostenido.
El debate sobre la propulsión nuclear
La ceremonia del Shogei coincide con un debate creciente dentro de Japón sobre si el país debería adoptar la propulsión nuclear para sus futuros submarinos. El marco de AUKUS reabrió esa discusión: si Australia va a operar submarinos nucleares de propulsión con tecnología estadounidense y británica, algunos sectores en Tokio argumentan que Japón, con una industria naval de primer nivel y alianzas similares, debería al menos evaluar esa opción. El obstáculo no es técnico sino político e histórico: Japón tiene principios no nucleares que, aunque no tienen rango constitucional pleno, definen décadas de política de defensa. El debate, por ahora, sigue abierto sin resolución concreta.
Un patrón regional en movimiento
U.S. Navy photo — Public domain
Los tres hechos del día dibujan un mismo mapa. EE.UU. refuerza su capacidad de producción submarina nuclear en el momento en que más presión enfrenta para cumplir con AUKUS. Japón bota un sumergible diésel-eléctrico de última generación mientras evalúa si dar el salto a la propulsión nuclear. Y un portaviones estadounidense no identificado tiene prevista una escala en Yokosuka, la primera en cuatro años, según informó el Concejo Municipal de esa ciudad japonesa. La base de Yokosuka alberga el Séptimo Escuadrón de la Flota y es el principal puerto de operaciones navales de EE.UU. en el Pacífico occidental. Que una visita de portaviones allí haya pasado cuatro años sin concretarse no es un dato menor: marca el ritmo al que la presencia naval estadounidense en la región se distribuye entre teatros y misiones simultáneas, desde el Indo-Pacífico hasta el Mediterráneo y el mar Rojo.