El desguace de la fragata AB Almirante Brión (F-22) en las instalaciones de Diques y Astilleros Nacionales C.A. (DIANCA), en Puerto Cabello, marca el final definitivo de la clase Mariscal Sucre dentro de la Armada Bolivariana venezolana. Con ella se cierra un capítulo que arrancó cuando Venezuela era una de las fuerzas navales más capaces de América Latina.
La versión venezolana de un diseño italiano
US Navy — Public domain
La clase Mariscal Sucre fue la versión de exportación de las fragatas italianas Lupo, buques polivalentes diseñados para operar en entornos de alta intensidad con capacidades antisubmarinas, antiaéreas y de superficie. Venezuela adquirió su propia variante y la operó bajo ese nombre durante más de cuatro décadas. En su momento de mayor operatividad, estas fragatas constituyeron el principal buque de combate de superficie de la entonces llamada Armada de la República de Venezuela, antes de que la institución adoptara su denominación actual como Armada Bolivariana.
En el contexto regional de las décadas de 1970 y 1980, cuando Venezuela vivía un ciclo de bonanza petrolera que financiaba modernizaciones militares ambiciosas, la clase Mariscal Sucre representó un salto cualitativo real. Eran plataformas con misiles antibuque, torpedos, artillería naval y helicóptero embarcado, capaces de proyectar fuerza más allá de las aguas territoriales. Pocos países de la región podían exhibir algo equivalente.
Décadas de deterioro
El declive de la clase fue gradual pero sostenido. A medida que la situación económica venezolana se deterioró a lo largo de los años 2000 y con mayor aceleración en los 2010, el mantenimiento de plataformas navales complejas como estas fragatas se volvió cada vez más difícil de sostener. Las piezas de repuesto, los contratos de servicio técnico con proveedores extranjeros y el personal calificado para operar sistemas de armas sofisticados son recursos que exigen inversión constante, y esa inversión dejó de llegar.
El resultado fue el que suele verse en marinas que atraviesan crisis presupuestarias prolongadas: las unidades pasan más tiempo en dique que en el mar, la operatividad cae, y eventualmente el costo de recuperarlas supera cualquier justificación estratégica o presupuestaria. Las fragatas de la clase Mariscal Sucre fueron quedando fuera de servicio una a una hasta llegar a este desenlace con la AB Almirante Brión.
Qué queda
El desguace de la F-22 no es solo la pérdida de un buque. Es el cierre de la capacidad de combate de superficie de mayor porte que Venezuela llegó a tener. Reemplazar fragatas de esta categoría requiere décadas de planificación, presupuestos que hoy Venezuela claramente no tiene disponibles para defensa, y relaciones con proveedores navales internacionales que la situación del país complica aún más.
Lo que queda de la Armada Bolivariana en términos de superficie es considerablemente más modesto que lo que estas fragatas representaron en su apogeo. El desguace en DIANCA no es un trámite administrativo menor: es el símbolo más concreto del lugar que ocupa hoy el poder naval venezolano respecto de donde estuvo hace cuatro décadas.