El futuro USS John F. Kennedy (CVN-79) alcanzó el martes la aceptación preliminar por parte de la Armada estadounidense, uno de los últimos trámites antes de que el buque se integre formalmente a la flota. Con ese paso completado, el portaaviones pasará de las instalaciones de HII Newport News Shipbuilding a la base naval de Norfolk, Virginia, donde comenzará las pruebas de navegación y evaluación en mar abierto. Según los documentos del presupuesto de la Armada para 2027, la entrega oficial está prevista para marzo de ese año.
El Kennedy es el segundo portaaviones de la clase Ford, la más nueva de la flota estadounidense. El primero, el USS Gerald R. Ford (CVN-78), pasó años lidiando con problemas técnicos en sus sistemas de catapulta electromagnética y recuperación de aeronaves antes de declararse plenamente operativo, lo que convirtió cada avance del CVN-79 en un dato seguido de cerca. La aceptación preliminar es la instancia en que la Armada verifica que el buque cumple los requisitos técnicos del contrato, aunque la entrega formal y el inicio de la vida operativa vienen después.
El ala aérea, en retroceso
1st Lt. Charles Allen/Released — CC0
El momento en que el Kennedy se acerca a la flota coincide con un debate interno que la Armada no logra resolver. Los grupos aéreos embarcados, que históricamente llegaron a contar con unas 90 aeronaves, hoy promedian alrededor de 65. La reducción no fue el resultado de una decisión estratégica única sino de una acumulación de cancelaciones y retiros sin reemplazos a la altura.
El caso más citado es el del A-6 Intruder, el avión de ataque subsónico que fue retirado de la flota en 1997. El bombardero furtivo que se desarrolló para reemplazarlo fue cancelado seis años antes de ese retiro, dejando un vacío que nunca se cubrió del todo. Lo que el Intruder hacía, atacar blancos en tierra con cargas pesadas en cualquier condición climática, no tiene hoy un equivalente directo en los grupos aéreos embarcados. El F/A-18E/F Super Hornet cubre parte de ese rol, pero no es lo mismo.
Ese achicamiento tiene consecuencias concretas en el poder de proyección de cada portaaviones. Un ala aérea más pequeña significa menos sorties simultáneas, menor capacidad de saturar defensas enemigas, y más dependencia de munición de precisión para compensar el número de plataformas. Con las amenazas antiaceso en el Pacífico en primer plano, la brecha preocupa.
Despliegues cada vez más largos
Petty Officer 2nd Class Kaitlin Young — Public domain
El tercer eje del problema es humano. La Armada estadounidense operó en un momento con 15 grupos de combate listos para desplegarse; hoy tiene 11. Con menos buques cubriendo compromisos que no disminuyeron, los tiempos en el mar se estiraron. Los despliegues de nueve e incluso once meses se volvieron rutinarios. Las tripulaciones trabajan en turnos de 12 horas, acumulan mantenimiento diferido, y cobran una bonificación por servicio en el mar que no se actualizó desde 2014.
El impacto sobre la retención de personal es una preocupación permanente dentro de la Armada. Un marinero que pasa casi un año fuera de su base, con poco contacto con su familia y sin que la compensación económica haya acompañado el aumento de la carga, tiene más razones para no renovar su contrato. Y formar marineros especializados para operar y mantener un portaaviones nuclear lleva años.
En ese contexto, la llegada del Kennedy a la flota en 2027 suma capacidad, pero no resuelve ninguna de estas tensiones estructurales. Un portaaviones más en línea requiere más tripulantes, más aeronaves y más capacidad de sostenimiento logístico, justo cuando los tres escasean. El debate sobre cómo recuperar el tamaño y la composición de los grupos aéreos embarcados, y cómo aliviar la presión sobre las tripulaciones, seguirá abierto mucho después de que el Kennedy arríe por primera vez su pabellón en Norfolk.