Un portaaviones nuclear de clase Ford representa hoy la cúspide del poder naval estadounidense, y también uno de los debates más persistentes dentro de la propia comunidad de defensa de ese país. El costo de construcción supera los 13.300 millones de dólares por unidad, y eso sin contar los aproximadamente 6.000 millones en investigación y desarrollo que precedieron al programa. El tiempo de fabricación se extiende por más de una década. El resultado es un buque que ninguna otra marina del mundo puede replicar, pero cuya utilidad en el escenario más exigente que hoy proyecta el Pentágono, un conflicto con China en el Indo-Pacífico, está siendo cuestionada con más fuerza que nunca.
Un buque sin igual, pero no sin vulnerabilidades
Seaman Mark Rundio — Public domain
El Gerald R. Ford fue el primer diseño de portaaviones nuevo en más de cuatro décadas para la Marina estadounidense. Incorporó 23 tecnologías inéditas. Las catapultas de vapor que equipaban a los buques de clase Nimitz fueron reemplazadas por sistemas electromagnéticos, los frenos de apontaje son de nueva generación, y los elevadores de armas también son electromagnéticos, capaces de levantar casi 11.000 kilogramos a una velocidad de más de 45 metros por minuto, contra los 4.800 kilogramos de los elevadores Nimitz. En términos de proyección de poder aéreo, no hay nada comparable en servicio hoy.
El problema no es lo que el Ford puede hacer en alta mar abierta. El problema es llegar a donde necesita estar.
La trampa geográfica del Indo-Pacífico
Cualquier guerra con China sería, por definición, expedicionaria para Estados Unidos. La Marina tendría que cubrir miles de kilómetros desde bases propias para llegar a las zonas de conflicto, mientras China operaría desde tierra firme, con líneas de comunicación cortas y una red de misiles y drones diseñada exactamente para ese escenario. El concepto estratégico chino de negación de área, que Occidente identifica como A2/AD (Anti-Access/Area Denial), tiene como objetivo central impedir que los portaaviones enemigos se acerquen lo suficiente como para ser efectivos, sin necesidad de destruirlos en combate directo. Basta con mantenerlos fuera del rango útil de sus aviones embarcados.
En ese contexto, operar un portaaviones cerca de las costas chinas implicaría exponerlo a miles de misiles y drones. La concentración de capacidad ofensiva y el valor estratégico de un solo buque, con su escolta y su personal, convierten a cada portaaviones en un objetivo de altísima prioridad y en un riesgo de altísimo costo si fuera alcanzado.
Una década para construirlo, minutos para perderlo
El desfasaje entre el tiempo y el dinero que lleva producir uno de estos buques, y la velocidad con que un salvo de misiles hipersónicos podría ponerlo fuera de combate, es el centro del debate. Más de diez años de construcción, más de 13.000 millones de dólares, y toda la infraestructura logística que requiere una flota de ese tipo, frente a un ambiente operacional donde el adversario tiene superioridad de misiles en las proximidades de su propio territorio.
Eso no significa que los portaaviones hayan dejado de tener valor. Siguen siendo la plataforma más flexible y versátil para proyectar poder en zonas donde no existe la amenaza A2/AD china, y son el eje de la presencia naval estadounidense en docenas de escenarios posibles. Pero el debate sobre si son el instrumento correcto para el conflicto más temido, y si vale la pena seguir invirtiendo en ellos al ritmo y al costo actuales, no tiene respuesta fácil dentro del propio Pentágono.