En algún momento entre agosto y octubre de 1981, un submarino diésel canadiense de los años 60 burlaba a toda la pantalla de escolta de uno de los portaaviones nucleares más poderosos de la Armada estadounidense. El árbitro del ejercicio lo dio por hundido. El nombre exacto del submarino que lo logró nunca fue revelado oficialmente.
El escenario fue Ocean Venture '81, una maniobra de la OTAN de escala considerable que se extendió desde el 1° de agosto hasta octubre de ese año e involucró buques y aeronaves de 14 países. Uno de sus ejes centrales era poner a prueba la capacidad de una fuerza de tarea construida alrededor del USS Dwight D. Eisenhower y el USS Forrestal para abrirse paso hacia el Mar de Noruega mientras submarinos enemigos la cazaban. Era, en esencia, un ensayo de lo que podría ocurrir en un conflicto real con la Unión Soviética en el Atlántico Norte.
Los Oberon canadienses
Joost J. Bakker from IJmuiden — CC BY 2.0
Canadá aportó tres submarinos clase Oberon al ejercicio. El HMCS Ojibwa, el HMCS Onondaga y el HMCS Okanagan eran unidades de diseño británico construidas en los años 60, con un valor estimado en torno a los 80 millones de dólares cada una, y operaban con propulsión diésel-eléctrica. Esa característica, lejos de ser una limitación, resultó ser una ventaja táctica decisiva: podían apagar sus motores diésel por completo y avanzar únicamente a propulsión de batería, con una firma acústica enormemente reducida.
A eso se sumaba la experiencia acumulada. Las tripulaciones de estos submarinos llevaban años actuando como fuerza opositora en ejercicios antisubmarinos aliados, lo que les daba un conocimiento detallado de los procedimientos y las tácticas de detección que usaban las fuerzas de la OTAN, incluida la Marina estadounidense. Conocían de cerca exactamente qué buscaban los cazadores para encontrarlos.
Infiltración y fallo declarado
U.S. Navy Photo by Chief Photographers Mate Gregory S. McCreash. — Public domain
Según las crónicas publicadas del ejercicio, uno de los tres Oberon consiguió penetrar la pantalla de protección del USS Dwight D. Eisenhower y colocarse en posición de ataque. El árbitro lo declaró hundido. Cuál de los tres submarinos fue el responsable nunca quedó establecido en ningún registro oficial disponible.
El resultado generó un dato incómodo para la Armada estadounidense: un submarino de propulsión convencional, con tecnología de la década del 60 y un costo que representaba una fracción mínima del portaaviones, había logrado lo que se suponía que la escolta debía impedir a toda costa.
Por qué sigue importando
U.S. Navy photo by Ray F. Longaker, Jr. — Public domain
El episodio se inscribe en un debate que la Marina estadounidense venía enfrentando desde hacía años y que nunca cerró del todo. Los submarinos diésel-eléctricos, a diferencia de los nucleares, no necesitan circular a velocidad sostenida para generar energía; pueden quedarse quietos o moverse a paso lento sobre batería, lo que los hace extremadamente difíciles de detectar en áreas de tráfico marítimo denso o en ambientes con condiciones acústicas complejas. Los sonares activos y pasivos diseñados para encontrar submarinos nucleares soviéticos en mar abierto no tenían la misma eficacia frente a un casco diésel casi inmóvil.
Ocean Venture '81 no fue el único ejercicio donde este tipo de resultado apareció durante la Guerra Fría, pero el caso del Eisenhower resultó particularmente gráfico: el portaaviones tenía un costo estimado de 5.500 millones de dólares y contaba con una escolta completa. Fue, en términos de juego de guerra, hundido por algo que costaba menos del dos por ciento de eso.
La lección no era nueva en teoría, pero cada vez que se repetía en la práctica resultaba difícil de ignorar. La eficacia de los submarinos convencionales modernos en entornos costeros y en escenarios de acceso restringido siguió siendo materia de discusión en las marinas de la OTAN durante décadas, y el argumento sigue vigente en los debates actuales sobre capacidades submarinas no nucleares.