El Ejército del Aire de los Estados Unidos tiene los cazas y bombarderos más avanzados del planeta. El F-15EX, el F-16, el F-22 y el F-35 siguen siendo la referencia mundial en aviación de combate. Sin embargo, los conflictos en Ucrania y en Irán abrieron una discusión que los propios líderes de la fuerza ya no pueden ignorar: la forma en que esas guerras se están peleando no se parece a nada para lo que la doctrina aérea estadounidense fue pensada, y adaptarse a ese nuevo escenario exige un cambio de fondo, no ajustes cosméticos.
Lo que cambiaron las guerras recientes
Ucrania fue el primer laboratorio a escala real. Lo que ese conflicto demostró, entre otras cosas, es que la artillería, históricamente el "rey del campo de batalla", perdió ese rol protagónico frente al avance de los drones. El arma de fuego indirecta sigue siendo útil, pero ya no domina el frente por sí sola: los sistemas no tripulados la desplazaron como herramienta principal de reconocimiento, ataque y presión sobre el adversario. Esa reconfiguración del campo terrestre tiene una contracara directa en el aire: los drones baratos, masivos y difíciles de interceptar cambiaron el cálculo de lo que cuesta sostener operaciones.
La guerra con Irán sumó otra variable al debate. Si Ucrania mostró cómo un actor con recursos limitados puede desgastar a una potencia con drones de bajo costo, el conflicto iraní abrió la pregunta sobre cómo pelear en un entorno de negación de acceso más sofisticado, donde el adversario tiene misiles balísticos, capacidades de interferencia electrónica y defensa aérea con mayor densidad que cualquier grupo insurgente. El modelo de superioridad aérea que funcionó en Irak o en Libia, donde el dominio del cielo se podía dar por descontado desde las primeras horas, deja de funcionar de esa manera cuando el rival tiene medios para contestar.
Los aviones-robot que tienen que acompañar a los cazas
Master Sgt. Shane Cuomo — Public domain
Parte de la respuesta del Ejército del Aire estadounidense está en los llamados Collaborative Combat Aircraft, conocidos como CCA. Son aeronaves no tripuladas diseñadas para volar junto a cazas tripulados, ampliar su alcance y absorber parte del riesgo. La idea es que un piloto de F-35 o de F-22 pueda operar con varios de estos wingmen robóticos, que actúan como extensiones de su capacidad de combate sin exponer vidas humanas adicionales.
General Atomics Aeronautical Systems y Anduril Industries, las dos empresas seleccionadas para desarrollar los CCA, confirmaron que están en condiciones de escalar la producción a un ritmo rápido e incluso expandirla si el presupuesto lo permite. El problema es que ambas firmas esperan que se apruebe el presupuesto federal para el año fiscal 2027, que aún no fue sancionado, para poder financiar esa aceleración. Sin ese financiamiento, la escala de producción que la fuerza necesita para que el concepto funcione a nivel operacional queda en suspenso.
Este punto no es menor. La lógica detrás de los CCA no es solo tecnológica sino también económica y doctrinal. Si el adversario puede gastar drones baratos por centenas y vos respondés con cazas de decenas de millones de dólares por unidad, la ecuación te desgasta. Los CCA son una apuesta a equilibrar esa relación: aeronaves más económicas que un F-35, pero con capacidad real de combate, que permitan saturar o al menos igualar la presión del adversario sin comprometer los activos más costosos.
Una doctrina que todavía se está escribiendo
El reconocimiento público de que "esos días terminaron" —en referencia al modelo de superioridad aérea sin contestación que caracterizó las operaciones desde la Guerra del Golfo hasta el último decenio— es en sí mismo un dato significativo. No es habitual que una fuerza armada de esa escala admita de manera tan directa que su marco conceptual necesita reemplazarse, no solo actualizarse.
Lo que el debate dentro del Ejército del Aire estadounidense todavía no resolvió es cómo combinar todas estas piezas en una doctrina coherente. Los CCA son una respuesta parcial. Los cazas de quinta generación siguen siendo el núcleo. Pero la integración entre plataformas tripuladas, no tripuladas, guerra electrónica y sistemas de defensa aérea en un entorno contestado es el problema central que Ucrania e Irán dejaron sobre la mesa, y para el que todavía no hay una respuesta definitiva.