La idea no es nueva en términos filosóficos, pero verla formulada en un documento estratégico formal le da otro peso. Un think tank estadounidense difundió un informe en el que propone que la Armada de Estados Unidos adopte una estrategia de negación de área y acceso contra los portaaviones chinos, calcada de los planes que el propio Ejército Popular de Liberación desarrolló para neutralizar a los grupos de batalla de la Marina estadounidense en el Pacífico.
La lógica central del informe es directa. Si China diseñó durante décadas misiles antibuque de largo alcance, redes de sensores y saturación de objetivos para hacer inoperables los portaaviones de la Armada estadounidense, el camino más eficiente para Washington es devolver esa misma ecuación: transformar los portaaviones chinos en el blanco prioritario usando tácticas equivalentes.
Una amenaza tomada en serio
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El contexto en el que aparece este informe no es menor. China opera actualmente tres portaaviones: el Liaoning, el Shandong y el Fujian, este último el más moderno y el único con catapultas electromagnéticas para el lanzamiento de aeronaves, una capacidad que durante décadas fue exclusiva de la Armada estadounidense. La expansión de la fuerza de superficie china y la consolidación de su aviación embarcada convirtieron a los portaaviones del EPL en objetivos de valor estratégico real, algo que hace diez años hubiera resultado discutible.
Al mismo tiempo, la doctrina china de anti-acceso y negación de área, conocida por su sigla en inglés A2/AD, fue el problema táctico dominante en los ejercicios y simulaciones de la Armada estadounidense durante los últimos quince años. Esa doctrina combina misiles balísticos antibuque como el DF-21D y el DF-26, sistemas de vigilancia marítima de largo alcance, y capacidades de guerra electrónica pensadas para degradar la situación de un grupo de batalla estadounidense antes de que pueda actuar. El informe propone, en esencia, girar ese tablero.
La lógica del espejo estratégico
Aplicar las tácticas del adversario contra sus propios activos de alto valor no es una novedad táctica: tiene antecedentes en doctrinas de guerra submarina, guerra electrónica y hasta en la evolución del combate aéreo. Lo que distingue a este análisis es que lo propone como eje explícito de una estrategia naval ante un conflicto con China, una potencia con capacidad real para perder portaaviones en combate y con el valor político que eso implicaría.
Los portaaviones chinos no cumplen exactamente el mismo rol que los estadounidenses. Para Washington, un grupo de batalla con portaaviones es la unidad de proyección de poder por excelencia, capaz de operar en cualquier océano. Para Pekín, los portaaviones son también instrumentos de presencia y disuasión regional, con un peso simbólico interno considerable. Un portaaviones chino hundido o fuera de combate en un conflicto en el estrecho de Taiwán o en el mar del Sur de China tendría consecuencias estratégicas y políticas que van más allá del daño material.
El informe no plantea una solución técnica única ni nombra sistemas de armas específicos para implementar esa estrategia. Lo que propone es el enfoque conceptual: que la planificación naval estadounidense incorpore a los portaaviones del EPL como blancos de alta prioridad desde el inicio de cualquier hostilidad, en lugar de enfocarse principalmente en la defensa de los propios grupos de batalla.