La Fuerza Aérea estadounidense fijó el 14 de septiembre una de sus metas de producción de drones más ambiciosas hasta ahora. Para 2032, quiere tener en servicio al menos 500 drones de combate semi-autónomos del programa Collaborative Combat Aircraft y otros 500 drones baratos de reconocimiento y ataque del programa Massed Modular Aircraft. Lo anunció el secretario Troy Meink durante la conferencia Air, Space & Cyber de la Air Force Association.
Los nombres de los nuevos CCA
Junto con la meta de producción, Meink reveló los nombres oficiales de los dos nuevos Collaborative Combat Aircraft. El FQ-42A recibirá el nombre de Vengeance y el FQ-44A se llamará Fury. Ambas designaciones siguen la tradición histórica de la fuerza de bautizar a sus aviones con nombres de combate, y su confirmación pública señala que los programas ya superaron las etapas más tempranas de definición.
Los CCA son drones concebidos para operar junto a cazas tripulados como el F-35 o el F-22, actuando como escoltas, supresores de defensas enemigas o plataformas de ataque adicionales bajo supervisión humana. La idea es multiplicar la capacidad ofensiva sin poner más pilotos en riesgo. El concepto ganó tracción en el Pentágono en los últimos años a medida que los análisis de conflictos futuros mostraron que la escasez de plataformas tripuladas podría ser un cuello de botella crítico en escenarios de alta intensidad.
Un programa más barato en paralelo
U.S. Air Force photo by 2nd Lt. Rebecca Abordo — Public domain
El programa Massed Modular Aircraft apunta a un perfil diferente. Mientras los CCA son sistemas relativamente sofisticados diseñados para acompañar cazas de quinta generación, los MMA buscan ser drones baratos y producibles en masa, orientados a tareas de reconocimiento y ataque. La lógica es similar a la que llevó a varios ejércitos a invertir en drones desechables o de bajo costo tras observar su uso intensivo en el conflicto en Ucrania: saturar las defensas enemigas o cubrir funciones de inteligencia sin comprometer activos caros.
Llegar a 500 unidades de cada programa antes de 2032 implica sostener ritmos de producción que la industria aeroespacial estadounidense todavía no demostró a esa escala para drones de combate. La meta pone presión tanto sobre los contratistas como sobre la cadena de suministro, en un momento en que el sector ya enfrenta tensiones por demanda simultánea de múltiples programas.
Defensa de bases, de tarea secundaria a misión formal
El otro anuncio del 14 de septiembre apunta a un flanco que la fuerza reconoció durante años como descuidado. Dentro de dos años, la Fuerza Aérea establecerá un nuevo campo de carrera dedicado exclusivamente a la defensa de punto de bases aéreas, según informó el general Kenneth Wilsbach. Meink fue más lejos y señaló que la fuerza está explorando la creación de una oficina de adquisición específica para supervisar esa misión.
Hasta ahora, la defensa de bases contra drones y misiles fue tratada dentro de la fuerza como una tarea complementaria, sin una especialidad propia ni una estructura de adquisición diferenciada. La proliferación de drones de ataque baratos y la experiencia de conflictos recientes cambiaron esa percepción. Bases aéreas que antes se consideraban retaguardia segura pasaron a ser objetivos plausibles desde el primer día de un conflicto, lo que hace que protegerlas se vuelva tan crítico como cualquier otra misión ofensiva.
La creación de un campo de carrera formal significa que habrá personal entrenado específicamente en esa tarea, con rutas de ascenso y especialización propias, en lugar de depender de que otros especialistas asuman esa responsabilidad de manera circunstancial. La posible oficina de adquisición complementaría esa estructura desde el lado del equipamiento, centralizando las compras de sistemas de defensa de punto en vez de dispersarlas entre distintas áreas.