Las armadas de Japón, Estados Unidos y Corea del Sur finalizaron el 11 de septiembre el ejercicio Freedom Edge 26, una actividad de cinco días que movilizó seis buques y un componente aéreo integrado por cazas F-35A, F-15 y F-2. El objetivo central fue afinar la capacidad de operar en conjunto, algo que en el Indo-Pacífico ya no es un ejercicio diplomático sino una necesidad operativa concreta.
Tres banderas, un esquema integrado
Japan Air Self-Defense Force — CC BY 4.0
El Freedom Edge no es un ejercicio cualquiera dentro de la agenda de maniobras en la región. Se trata de una instancia trilateral que combina medios navales y aéreos de manera simultánea, lo que exige un nivel de coordinación técnica y doctrinaria más exigente que los ejercicios bilaterales tradicionales. La presencia de cazas de distintas generaciones y procedencias, como el F-35A de quinta generación junto al F-15 y el F-2 japonés, implica trabajar sobre protocolos de comunicación y enlace de datos que no son automáticos ni triviales de homologar entre tres fuerzas con estructuras distintas.
El F-2 merece una mención aparte como símbolo del perfil actual del ejercicio. Desarrollado por Japón con participación de Lockheed Martin sobre la base del F-16, es el caza multifunción de la Fuerza Aérea de Autodefensa japonesa, y su presencia en un ejercicio junto a aviones estadounidenses y surcoreanos ilustra el grado de integración que ya existe entre los tres países más allá del equipamiento de origen común.
El contexto que explica el ejercicio
El Freedom Edge tiene su razón de ser en la arquitectura de seguridad que Washington viene construyendo en el Indo-Pacífico desde hace años, y que en los últimos tiempos ganó urgencia ante la creciente presión militar china y la imprevisibilidad del programa de misiles norcoreano. Para Tokio y Seúl, la interoperabilidad con las fuerzas estadounidenses no es solo un gesto de alineamiento político: es la columna vertebral de sus respectivos esquemas de defensa, dado que ambos países dependen de tratados de seguridad con Washington que implican presencia militar real en sus territorios.
Japón, además, atraviesa un proceso de revisión profunda de su postura de defensa. En los últimos años amplió su presupuesto militar de manera sostenida y comenzó a incorporar capacidades de contraataque que hasta hace poco eran impensables dentro de su marco constitucional. Participar activamente en ejercicios como el Freedom Edge es parte de ese proceso de transición hacia un rol más asertivo dentro de la alianza.
Corea del Sur, por su parte, mantiene una situación de tensión permanente con el Norte y tiene en la coordinación con Estados Unidos y Japón una de sus principales herramientas de disuasión. La relación trilateral entre los tres países no siempre fue fluida, con fricciones históricas entre Tokio y Seúl que en el pasado complicaron la cooperación en seguridad, pero en los últimos años los tres gobiernos apostaron a institucionalizar ese vínculo precisamente para no depender de que las relaciones bilaterales estuvieran siempre en buen momento.
Cinco días, seis buques
PO2 Oscar Diaz — Dominio público (trabajo del gobierno de EE.UU.)
La escala del ejercicio, con seis buques y la combinación de plataformas aéreas mencionadas, da una idea del nivel de complejidad logística involucrado. Un ejercicio naval multilateral de este tipo requiere coordinar doctrinas de operación distintas, sistemas de comunicación que no siempre son compatibles de fábrica y procedimientos de seguridad que deben acordarse antes de que cualquier avión despegue o cualquier buque maniobre en formación.
El Freedom Edge 26 se suma a una lista creciente de ejercicios conjuntos en la región que buscan acortar los tiempos de respuesta y eliminar los puntos de fricción que pueden costar caro en un escenario real. En el Indo-Pacífico de 2026, la pregunta no es si ese escenario puede ocurrir, sino qué tan preparados están los tres países para actuar como una fuerza unificada si llega a hacerlo.