Un helicóptero Mi-8AMTSh de las fuerzas rusas quedó destruido y un cazabombardero Su-30 resultó dañado tras un ataque con drones ucranianos ejecutado en la madrugada del 9 de septiembre cerca de Anapa, en el sur de Rusia. Tanto fuentes rusas como ucranianas confirmaron la operación, que también incluyó un golpe a la base naval rusa de Novorossiysk en el mismo raid nocturno.
Según los relatos disponibles, un único dron fue suficiente para destruir el Mi-8AMTSh. El helicóptero, identificado por su matrícula de cola, es una variante de transporte y apoyo de la familia Mi-8, ampliamente utilizada por el Ejército ruso en roles de reabastecimiento, evacuación médica y operaciones especiales. El Su-30, por su parte, resultó dañado aunque no destruido.
Anapa y Novorossiysk, blancos recurrentes
Anapa alberga infraestructura aérea militar rusa y ha sido señalada en anteriores operaciones ucranianas a distancia. Novorossiysk, por su parte, es el principal puerto de aguas cálidas de la Flota del Mar Negro y ha concentrado buena parte de los ataques ucranianos con drones navales y aéreos desde que Rusia perdió el acceso operativo a Sebastopol tras una serie de golpes que la forzaron a reubicar parte de su flota. La combinación de ambos objetivos en una misma noche subraya la capacidad ucraniana de coordinar ataques simultáneos sobre blancos separados cientos de kilómetros entre sí.
El ataque a Anapa se produce en un contexto en que Ucrania ha intensificado el uso de drones de largo alcance contra infraestructura y equipamiento militar en territorio ruso, apuntando tanto a reducir la capacidad operativa del adversario como a presionar simbólicamente sobre objetivos que Moscú considera retaguardia segura.
Bombardeos rusos sobre Kiev
Mientras Ucrania golpeaba en territorio ruso, Rusia lanzó su segundo día consecutivo de ataques aéreos sobre Kiev el 11 de septiembre, con impactos que dejaron dos muertos en la capital. Los blancos incluyeron estaciones de combustible, lo que apunta a una campaña deliberada contra la infraestructura energética civil de la ciudad. Este patrón, repetido en dos jornadas seguidas, sugiere que Moscú busca erosionar sistemáticamente el suministro de combustible en Kiev más que golpear objetivos militares puntuales.
Los ataques sobre infraestructura energética civil no son nuevos en este conflicto. Desde el invierno de 2022, Rusia ha apuntado de manera recurrente a centrales eléctricas, subestaciones y depósitos de combustible como parte de una estrategia destinada a desgastar a la población civil y complicar la logística ucraniana. La repetición del foco en estaciones de combustible en días consecutivos refuerza la lectura de que se trata de un plan sostenido y no de ataques aislados.
Dos frentes al mismo tiempo
Lo que muestran los eventos del 9 y el 11 de septiembre es la dinámica habitual de este conflicto en su fase actual. Ucrania no puede detener los misiles y drones rusos sobre su territorio, pero ha desarrollado una capacidad de respuesta asimétrica que lleva la guerra al interior de Rusia, golpeando equipamiento valioso y obligando a Moscú a destinar recursos a la protección de su propia retaguardia. Rusia, por su lado, mantiene la presión sobre la población civil ucraniana con ataques que apuntan a infraestructura crítica, en especial energética.
La destrucción del Mi-8AMTSh y el daño al Su-30 en Anapa representan pérdidas de material con valor operativo real. Un helicóptero de esa variante cuesta tiempo y recursos reemplazarlo, y en el contexto de un conflicto prolongado que ya desgastó significativamente los inventarios rusos, cada aeronave perdida en tierra tiene un peso concreto sobre la capacidad de sostener operaciones.