La guerra en el Golfo entró en una nueva fase esta semana. Fuerzas estadounidenses e iraníes atacaron buques, instalaciones energéticas y activos militares en lo que representa la mayor oleada de golpes sobre el tráfico marítimo desde que comenzó el conflicto, quebrando más de treinta días sin incidentes de esta escala.
Dos frentes abiertos
Lo que distingue esta escalada de episodios anteriores es la simultaneidad. El Estrecho de Ormuz volvió a ser zona de combate activo, con ataques que afectaron buques tanque y activos energéticos vinculados a Irán. Al mismo tiempo, los hutíes ejecutaron golpes exitosos contra la infraestructura que Arabia Saudita utiliza para exportar petróleo a través del Mar Rojo, la única vía que le quedaba al reino una vez que Ormuz dejó de ser una ruta segura.
Esa combinación es el escenario que los mercados globales de energía venían señalando como el peor caso posible. Tener Ormuz comprometido ya es un golpe severo para el suministro mundial de crudo; que simultáneamente se ataque la salida alternativa por el Mar Rojo elimina el margen de maniobra que le quedaba a la región para sostener sus exportaciones.
Arabia Saudita en el centro
Los ataques hutíes contra la infraestructura energética saudita son particularmente significativos porque apuntan a lo que hasta ahora era la última línea de vida energética del reino hacia los mercados mundiales. Arabia Saudita había sostenido cierto nivel de exportaciones apoyándose en terminales y rutas que evitaban los puntos de mayor conflicto. Que esa alternativa esté ahora bajo presión directa cambia el cálculo tanto para Riad como para los compradores asiáticos y europeos que dependen de ese flujo.
Los hutíes llevan más de dos años perfeccionando sus capacidades de ataque a infraestructura marítima y terrestre, con apoyo iraní que les permitió desarrollar drones y misiles de mayor alcance y precisión. Los golpes de esta semana muestran que esa capacidad ya se traduce en resultados concretos contra objetivos de alto valor.
La respuesta estadounidense
La participación directa de fuerzas estadounidenses atacando activos iraníes marca una intensificación del rol de Washington en el conflicto. La ruptura de la calma de agosto sugiere que algún umbral fue cruzado, aunque los datos disponibles no identifican el detonante inmediato de esta ronda de escalada.
Lo que sí resulta claro es que ninguna de las dos partes optó por la contención. Tanto EEUU como Irán respondieron con ataques propios, lo que aleja cualquier regreso rápido a la quietud del mes anterior y pone sobre la mesa el riesgo de una espiral que afecte de forma duradera el flujo de energía que atraviesa esta zona, responsable de una fracción sustancial del petróleo que mueve el mundo cada día.