El presupuesto de construcción naval de la Armada estadounidense para el año fiscal 2027 lo dejó escrito en el lenguaje seco de un documento administrativo: restricciones de capacidad en la planta de construcción. No hay espacio físico suficiente en Newport News Shipbuilding para ensamblar el futuro USS Doris Miller, el cuarto portaaviones de la clase Ford. Como consecuencia, la entrega se postergó dos años, hasta 2034, y el USS Nimitz, de 50 años de servicio, tuvo que mantenerse en actividad para cubrir el vacío que eso genera.
El problema no es presupuestario. El presupuesto no lo causó y más dinero no lo resuelve.
El cuello de botella
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Newport News, en Virginia, es el único astillero del país capaz de construir y reparar portaaviones nucleares. Esa dependencia de una sola instalación lleva décadas, pero sus consecuencias se hacen cada vez más visibles a medida que la demanda de mantenimiento y construcción simultánea crece. El astillero no tiene capacidad de piso para avanzar en un nuevo casco mientras atiende los compromisos previos, y ampliar esa infraestructura no es algo que se resuelva en un ciclo presupuestario.
La clase Ford ya venía cargando con demoras y sobrecostos desde que el USS Gerald R. Ford, el primero de la serie, fue puesto en servicio en 2017 tras años de retrasos. Que ahora el cuarto barco de la misma clase se retrase dos años más por razones de espacio físico no es una anomalía sino la continuación de una tendencia estructural.
El ritmo chino
Bruce Emmerling — CC BY-SA 4.0
El contraste con China es el que le da dimensión real al problema. La armada china viene botando portaaviones a un ritmo de uno cada 20 meses, una cadencia que refleja una inversión sostenida en infraestructura de astilleros a lo largo de más de una década. Mientras EE.UU. discute cómo gestionar los turnos en Newport News, China ha desarrollado instalaciones de construcción naval a una escala que no tiene equivalente en Occidente.
No se trata solo de voluntad política o de presupuesto de defensa. La brecha está en los metros cuadrados de planta industrial disponibles, en la mano de obra especializada y en la capacidad de ejecutar varios proyectos en paralelo sin que uno bloquee al otro. Eso es lo que EE.UU. no tiene hoy y lo que China lleva años construyendo.
Nimitz en servicio forzado
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Mientras tanto, el USS Nimitz sigue desplegado. El buque, comisionado en 1975, debería haber sido retirado, pero la postergación del Doris Miller dejó un hueco en el orden de batalla que alguien tiene que cubrir. Mantener operativo a un portaaviones de esa antigüedad no es gratuito: los costos de mantenimiento se disparan con la edad y el barco consume recursos de astillero que podrían aplicarse a otra parte.
Es, en cierto modo, el síntoma más visible del problema de fondo. La Armada estadounidense no está en condiciones de retirar lo viejo porque no puede incorporar lo nuevo al ritmo que necesita. Y ese ritmo lo fija, cada vez más, la comparación con lo que China está haciendo al otro lado del Pacífico.