El Royal United Services Institute (RUSI) publicó una investigación que revela el ritmo al que la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación está acumulando capacidad aérea de quinta generación. En 2020, China contaba con apenas unos 50 cazas J-20. A mediados de 2025, esa cifra había trepado a alrededor de 300 unidades en servicio activo, con una cadencia de producción que ronda los 120 aviones por año. Justin Bronk, autor del informe, proyecta que la producción total podría alcanzar las 1.000 aeronaves hacia 2030.
El J-20 en perspectiva
Alert5 — CC BY-SA 4.0
Para dimensionar lo que eso significa vale tomar como referencia al F-22 Raptor, el único caza estadounidense equivalente en términos de sigilo. El J-20, desarrollado por Chengdu Aircraft Corporation, es el caza de combate más grande y avanzado del continente asiático, y durante años los analistas occidentales discutieron si Pekín podría producirlo en escala industrial. Las cifras del RUSI cierran ese debate.
El salto productivo no fue lineal. En 2020 la flota era modesta, lo que sugiere que la expansión fuerte arrancó en los años siguientes, probablemente apalancada en inversiones previas en infraestructura industrial y en la maduración de la cadena de proveedores de componentes críticos como los motores. Precisamente la motorización fue durante años el talón de Aquiles del programa: China dependía de propulsores rusos mientras desarrollaba el WS-15 nacional. Que la producción haya escalado a este ritmo indica que ese cuello de botella, al menos en parte, fue superado.
El WZ-X, en tierra de pruebas
GJ-X vs. B-21, by Zhao Dashai
En paralelo, nuevas imágenes satelitales muestran al WZ-X, el mayor dron furtivo conocido de China, sometido a pruebas en una base aérea de carácter reservado en la región de Xinjiang. Las fotos, que trascendieron en redes sociales y fueron analizadas por el investigador de aviación Andreas Rupprecht, permiten confirmar la configuración alar inusual del aparato, un diseño que había generado especulación desde las primeras imágenes disponibles.
El WZ-X es una plataforma de grandes dimensiones concebida para operar en entornos de alta amenaza, donde la baja firma radar es condición de supervivencia. Su ala, de geometría poco convencional según las fotos disponibles, apunta a prioridades de sigilo por sobre las de eficiencia aerodinámica tradicional. Que China elija Xinjiang para estas pruebas no es casual: la región combina espacio aéreo restringido, baja densidad de tráfico civil y condiciones geográficas que dificultan la vigilancia exterior.
Dos programas, una misma lógica
Baiweiflight — CC BY-SA 3.0
El J-20 en escala masiva y el WZ-X en desarrollo apuntan a la misma dirección estratégica. Pekín está construyendo una fuerza aérea capaz de proyectar poder en escenarios de alta intensidad, con plataformas furtivas tanto tripuladas como no tripuladas. La combinación de cazas de quinta generación en grandes números y drones de penetración de gran tamaño refleja una doctrina que busca saturar defensas enemigas y operar más allá del alcance de sistemas de intercepción convencionales.
El ritmo al que avanzan ambos programas obliga a revisar proyecciones que hasta hace pocos años situaban a China en desventaja tecnológica respecto a Estados Unidos en el dominio aéreo. Esa brecha se está cerrando a una velocidad que pocos analistas habían anticipado.