El 425º Regimiento Skala de Ucrania tiene sus M1A1 Abrams estacionados. No los perdió todos, y no perdió la fe en el tanque como plataforma, pero dos operaciones costosas bastaron para que sus comandantes decidieran sacarlos de la línea. La razón es directa: los drones rusos convirtieron a cualquier blindado occidental en un blanco difícil de defender en el campo abierto.
El M1A1 contra el dron
Oana Copaceanu — Dominio público (trabajo del gobierno de EE.UU.)
El M1A1 Abrams que Ucrania recibió de Estados Unidos es uno de los tanques de batalla principales más capaces del mundo en términos de protección y potencia de fuego. Pero está diseñado para combatir en un entorno donde la amenaza aérea es manejable o donde existe cobertura aérea propia. En el frente ucraniano, ninguna de esas condiciones se cumple. Los drones rusos, incluyendo modelos de propulsión a chorro capaces de alcanzar objetivos a distancias considerables, patrullan de forma persistente y atacan vehículos blindados con una cadencia que los sistemas de defensa disponibles no logran neutralizar de manera consistente.
El resultado es que el Skala dejó de arriesgar sus Abrams en operaciones ofensivas, al menos por ahora. La decisión no implica que el regimiento descarte el tanque a futuro, pero sí refleja la magnitud del problema que los drones de ala fija y propulsión a chorro le generan al blindaje terrestre ucraniano.
Ataques a civiles en paralelo
State Emergency Service of Ukraine — CC BY 4.0
Mientras el frente terrestre se estanca, los ataques aéreos rusos sobre centros urbanos siguen produciendo víctimas entre la población civil. Los drones de propulsión a chorro son también la herramienta elegida para esas misiones, y su volumen desbordó en varias ocasiones la capacidad de intercepción ucraniana. Las consecuencias para los civiles fueron letales en los últimos días.
Este doble uso de la misma familia de sistemas, contra blindados en el frente y contra infraestructura y población en la retaguardia, marca un cambio operacional relevante respecto a las primeras etapas del conflicto. Rusia escaló tanto la cantidad como la sofisticación de los drones empleados a lo largo de 2024 y 2025, pasando de los primeros Shahed de origen iraní a plataformas de desarrollo más local y con mayor velocidad y perfil de vuelo más complicado de interceptar.
Asimetría en tierra
elegida por el editor — verificada por el editor
La paradoja del momento es que el instrumento que más presión le genera a Ucrania no es el tanque ruso ni la artillería convencional, sino un sistema relativamente barato comparado con el blindado que obliga a guardar. El M1A1 tiene un costo unitario en el orden de los millones de dólares, más la logística de mantenimiento y los repuestos que supone operar un sistema occidental en un teatro de guerra de estas características. El dron que lo fuerza a quedarse en la retaguardia cuesta una fracción de eso.
Eso no significa que las fuerzas terrestres rusas estén teniendo un desempeño sólido. El avance en tierra sigue siendo lento y costoso para Moscú. Pero la presión desde el aire desplazó parte del equilibrio táctico: Ucrania perdió la capacidad de emplear uno de los sistemas más capaces que recibió de Occidente con la libertad que necesitaría para aprovechar su potencial real.