El 31 de agosto, la Armada de EE. UU. publicó una Request for Information (RFI) en la que pide a la industria el desarrollo de dos prototipos de Collaborative Combat Aircraft (CCA), conocidos como "loyal wingman". El techo de precio es de 30 millones de dólares por unidad. Es el primer paso formal de la Marina hacia un programa propio de drones de combate diseñados para operar junto a aeronaves tripuladas embarcadas.
Qué pide la Marina
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La RFI describe una plataforma con gran capacidad de carga de armamento, largo alcance y aptitud para sobrevivir en entornos de combate aéreo altamente disputados. Los prototipos tienen que poder operar desde portaaviones, lo que impone exigencias técnicas considerables: el ciclo de aprestos navales, el espacio reducido en cubierta y las condiciones de catapulta y arrestor son desafíos que no enfrenta ningún programa CCA terrestre.
El concepto CCA ya está en marcha en la Fuerza Aérea estadounidense, donde dos contratistas compiten para acompañar al F-35 y al F-22 en misiones combinadas. La Armada llega tarde a esa carrera, pero con requerimientos propios que reflejan la naturaleza distinta de la guerra naval: proyección de poder desde el mar, operaciones sobre entornos marítimos y acceso a zonas en disputa donde el adversario tiene capacidades antiaéreas de larga distancia.
El fantasma del X-47B
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El paso de la Marina resulta llamativo si se recuerda lo que ocurrió hace una década con el Northrop Grumman X-47B. Ese dron de combate embarcado, desarrollado con financiamiento de la Marina, demostró ser capaz de despegar y aterrizar en portaaviones de forma autónoma y de reabastecerse en vuelo. Era, en esencia, exactamente lo que la RFI actual parece estar buscando: un drone con capacidad de combate, largo alcance y aptitud para operar en espacios aéreos contestados desde una cubierta de vuelo.
Sin embargo, la Marina descartó el programa X-47B a mediados de la década pasada y volcó esos recursos hacia el MQ-25 Stingray, un dron pensado exclusivamente para reabastecimiento en vuelo, sin función de combate ofensivo. La decisión fue criticada entonces por analistas que la veían como un retroceso en capacidades. Hoy, con el escenario estratégico del Indo-Pacífico cada vez más presente en la planificación del Pentágono, la Marina parece reconocer que necesita lo que en su momento descartó.
Por qué ahora
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El contexto importa. Los últimos años mostraron hasta qué punto los drones de combate cambiaron la ecuación táctica en conflictos reales, desde Nagorno-Karabaj hasta Ucrania. Al mismo tiempo, la competencia con China convirtió la proyección de poder naval en zona contestada en una prioridad de primer orden para la planificación militar estadounidense. Un portaaviones que solo puede proyectar aeronaves tripuladas enfrenta limitaciones cuando el adversario tiene misiles antibuque de largo alcance y sistemas de negación de área que obligan a operar desde distancias mayores.
Un CCA embarcado con largo alcance y capacidad ofensiva permite extender el brazo armado del grupo de batalla sin exponer tripulaciones. Es la lógica que ya guía el programa de la Fuerza Aérea, y la Marina decidió que no puede quedarse fuera.
La RFI no es todavía un contrato ni una licitación formal. Es un sondeo a la industria, el primer escalón de un proceso de adquisición que puede tomar años. Pero fija la dirección y el techo de inversión que la Marina está dispuesta a poner sobre la mesa.